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Proleterka, Fleur Jaeggy
Los Inrockuptibles, agosto de 2004

Si los libros de viajes son, casi inevitablemente, novelas de formación; si en ellos el elemento simbólico convive, también e inevitablemente, con el tema de la nave y la travesía, Proleterka, el último libro de Fleur Jaeggy, correría el riesgo de caer en lo banal y transparente. Y sin embargo algo lo salva, algo que lo vuelve intenso y emocionante; algo bien podría sintetizarse en una palabra: estilo.
El eje de la novela es una relación (o mejor, una no relación) padre e hija se expresa de un modo indirecto. Tal vez por eso las revelaciones más desconcertantes (el motor narrativo del libro) se formulan como lo haría un analista o un biólogo. La adolescente protagonista y narradora descubre en ese viaje por mar su propia sensualidad y algo parecido al amor. Sin embargo, todo está descrito como si el dueño de la mirada fuera un observador externo.
La historia es breve. Una muchacha de dieciséis años viaja en barco en compañía de su padre, prácticamente un desconocido, ya que siendo pequeña, después de la muerte de su madre, fue confiada a la abuela materna. El viaje es evocado años después, cuando, luego del funeral de su padre, la hija recuerda a ese personaje extraño, enfermo y silencioso, ese tipo de hombres a quienes la vida se empeña en poner varias veces a prueba: rengo a causa de una operación en la pierna para detener el cáncer que lo devoraba, marido desafortunado de una mujer caprichosa y con veleidades artísticas. La muchacha, a lo largo de los catorce días del viaje, aprende a entender sus reacciones y a constatar la existencia de una libertad que parece habérsele concedido como prueba de amor y respeto.
Las últimas páginas de Proleterka ofrecen una revelación inquietante, que probablemente Jaeggy podía haber evitado, porque no cambia nada (del mismo modo que cambia poco el hecho de que Pinocho, finalmente, se convierta en un niño de carne y hueso: siempre seguirá siendo aceptado, acogido y celebrado en su auténtica identidad de marioneta, por más que su autor se haya esforzado por hacernos creer otra cosa).
Pero hay algo en lo que Fleur Jaeggy es una auténtica maestra, y que a la vez configura su impronta distintiva; algo que quienes la han leído ya percibieron en El temor del cielo y en Los hermosos años del castigo: la distancia y la frialdad que no hacen más que exaltar la intensidad de las emociones misteriosas y las relaciones sentimentales complicadas por las que siente una atracción irresistible. Las mismas que le valieron el mote de "salvaje" que le impuso Susan Sontag.